• 22Nov

    María y Juan estudiaron juntos. Eran vecinos y fueron al mismo colegio y al mismo instituto. Sacaban notas decentes pero tampoco espectaculares. Siempre bromeaban sobre su destino paralelo.

    Terminaron COU y ambos decidieron no seguir más allá, estudiar no terminaba de convencerlos.

    Se buscaron puestos similares en similares empresas de ventas. A él le llamaron administrativo, y a ella secretaria.

    Se enamoraron y se casaron. A él le felicitaron por su nueva situación de hombre de familia y ella se quedó embarazada. Cuando nació el bebé ella tuvo que solicitar trabajar media jornada, porque no encontraba guardería pública y no podían costearse una privada. El trabajo de su marido era demasiado importante para dejarlo así como así.

    A Juan le ascendieron y le nombraron jefe de equipo, ahora que , al tener hijos, se había hecho un hombre responsable.

    María llevaba varios años en la empresa, y se plantearon si no se merecería un puesto mejor, era muy trabajadora. Pero su hijo se puso enfermo y ella tuvo que faltar dos días al trabajo y llevarle al médico varias veces. No podía molestar a su marido con eso. Él tenía reuniones importantes, más importantes según iba ascendiendo en el escalafón.

    Ahora que Juan era un hombre importante debía cuidar su formación, le dieron una beca para que se formara y pudiera seguir ascendiendo.

    Ella se quedó embarazada de nuevo y decidió pedirse una excedencia, ahora que Juan ganaba lo suficiente para mantenerlos.

    Juan comenzó a ser importante. Acudía a fiestas de negocios y a eventos profesionales. María empezó a acostumbrarse a ser la “señora de” en lugar de María. Por eso apenas le importó cuando al poco de reincorporarse al trabajo la despidieron por “reajustes internos”. A nadie le preocupaba que despidieran a una simple secretaria que se tomaba demasiados permisos para cuidar de sus hijos. Ella casi lo agradeció, puesto que el dinero de la indemnización le vendría muy bien para dedicarlo a sus hijos. Así podría cuidarlos mejor.

    Juan siguió ascendiendo hasta que le ofrecieron un puesto en la junta directiva. María sólo debía cuidarse para estar guapa y salir bien en las fotos.

    Lo niños crecieron y se fueron de casa. María pensó que quizá era el momento de volver a trabajar. Pero comprendió, tras una búsqueda infructuosa, que nadie quería a una secretaria sin formación y oxidada por el paso de los años.

    Siguió siendo la “mujer de” y cuando a su marido le hicieron un homenaje el día de su jubilación, ella fue de las que más aplaudió desde la sombra.

  • 18Nov
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    Desde tiempos inmemoriales las mujeres han quedado relegadas al espacio del hogar sin que se haya podido encontrar un motivo claro.

    Han sido socializadas para considerar que su único espacio válido es el doméstico, su único cometido es administrar todo lo relacionado con la casa y la crianza de los hijos, sin considerar si son capaces de hacer algo más.

    A lo largo de la historia, de forma ocasional y en el s. XX de una manera más generalizada, se han alzado voces reclamando una oportunidad para demostrar que las mujeres no son sólo una cara bonita que adorna las estancias, sino que son capaces de asumir cualquier en la esfera pública.

    Desde aproximadamente la segunda guerra mundial esta oportunidad ha llegado. Progresivamente las mujeres han conquistado los derechos civiles políticos y sociales.

    Sin embargo, la visión tradicional de la sociedad conserva unas muy bien ancladas raíces, y la idea del trabajo femenino es que es “permitido” siempre y cuando no se descuiden los deberes domésticos.

    Aún hoy en día vemos a diario ideas como:

    · Sí, la mujer “X” es muy buena en su trabajo, pero en su casa a saber cómo será…

    · Sí, ella triunfa, pero claro es que no tiene hijos así que puede dedicarle tiempo.

    Por desgracia, aún hoy muchas personas consideran que el trabajo fuera del hogar es una especia de “juego femenino” que es permisible mientras se cumplan las obligaciones internas, o no se tenga una familia de la que hacerse cargo.

    La conciliación de la vida familiar y laboral se realiza pensando en las mujeres y nadie se plantea si un alto cargo masculino es capaz de dedicar el tiempo suficiente a su familia.

    En España la igualdad entre hombre y mujeres total desde el punto de vista de los derechos de toda índole desde la aprobación de la Constitución de 1978.

    Desde mediados de los años 80 se han puesto en marcha planes específicos para la igualdad y medidas de discriminación positiva y desde hace unos meses existe un ministerio dedicado únicamente a la idea de la igualdad. Hay muchas personas que a menudo se cuestionan la validez de las medidas de discriminación positiva, no por su efectividad sino por su legitimidad. El argumento más comúnmente usado es que sigue siendo una forma de discriminación.

    Este planteamiento a mi me parece acertado. No se puede negar que una discriminación siempre implica una diferenciación e incluso una exaltación de las diferencias.

    Sin embargo la legitimación de estas acciones no podemos buscarla en la legalidad, en el reconocimiento de todo tipo de derechos. Las mujeres son iguales de derecho, no así de hecho. Como he comentado, aún se considera el trabajo como algo secundario para ellas, la familia como un limitador de su carrera profesional, la posibilidad de concebir como un inconveniente para cualquier empresa.

    Al igual que los corredores con las cargas, la distancia desde la Constitución no aumenta, pero para poder partir desde el mismo lugar y que la carrera sea realmente justa, no es necesario cargar a los otros, pero sí empujar a las rezagadas hasta que se pongan al nivel y la competición sea juta.

    Es necesario un cambio de mentalidad, y con él de realidad, hasta que las medidas de discriminación positivas no sean necesarias, hasta que nadie se cuestione si ella va a poder compaginar s vida personal y laboral, hasta que la perspectiva de género no tenga ningún sentido porque se presuponga.