• 18Nov
    Categories: General

    Desde tiempos inmemoriales las mujeres han quedado relegadas al espacio del hogar sin que se haya podido encontrar un motivo claro.

    Han sido socializadas para considerar que su único espacio válido es el doméstico, su único cometido es administrar todo lo relacionado con la casa y la crianza de los hijos, sin considerar si son capaces de hacer algo más.

    A lo largo de la historia, de forma ocasional y en el s. XX de una manera más generalizada, se han alzado voces reclamando una oportunidad para demostrar que las mujeres no son sólo una cara bonita que adorna las estancias, sino que son capaces de asumir cualquier en la esfera pública.

    Desde aproximadamente la segunda guerra mundial esta oportunidad ha llegado. Progresivamente las mujeres han conquistado los derechos civiles políticos y sociales.

    Sin embargo, la visión tradicional de la sociedad conserva unas muy bien ancladas raíces, y la idea del trabajo femenino es que es “permitido” siempre y cuando no se descuiden los deberes domésticos.

    Aún hoy en día vemos a diario ideas como:

    · Sí, la mujer “X” es muy buena en su trabajo, pero en su casa a saber cómo será…

    · Sí, ella triunfa, pero claro es que no tiene hijos así que puede dedicarle tiempo.

    Por desgracia, aún hoy muchas personas consideran que el trabajo fuera del hogar es una especia de “juego femenino” que es permisible mientras se cumplan las obligaciones internas, o no se tenga una familia de la que hacerse cargo.

    La conciliación de la vida familiar y laboral se realiza pensando en las mujeres y nadie se plantea si un alto cargo masculino es capaz de dedicar el tiempo suficiente a su familia.

    En España la igualdad entre hombre y mujeres total desde el punto de vista de los derechos de toda índole desde la aprobación de la Constitución de 1978.

    Desde mediados de los años 80 se han puesto en marcha planes específicos para la igualdad y medidas de discriminación positiva y desde hace unos meses existe un ministerio dedicado únicamente a la idea de la igualdad. Hay muchas personas que a menudo se cuestionan la validez de las medidas de discriminación positiva, no por su efectividad sino por su legitimidad. El argumento más comúnmente usado es que sigue siendo una forma de discriminación.

    Este planteamiento a mi me parece acertado. No se puede negar que una discriminación siempre implica una diferenciación e incluso una exaltación de las diferencias.

    Sin embargo la legitimación de estas acciones no podemos buscarla en la legalidad, en el reconocimiento de todo tipo de derechos. Las mujeres son iguales de derecho, no así de hecho. Como he comentado, aún se considera el trabajo como algo secundario para ellas, la familia como un limitador de su carrera profesional, la posibilidad de concebir como un inconveniente para cualquier empresa.

    Al igual que los corredores con las cargas, la distancia desde la Constitución no aumenta, pero para poder partir desde el mismo lugar y que la carrera sea realmente justa, no es necesario cargar a los otros, pero sí empujar a las rezagadas hasta que se pongan al nivel y la competición sea juta.

    Es necesario un cambio de mentalidad, y con él de realidad, hasta que las medidas de discriminación positivas no sean necesarias, hasta que nadie se cuestione si ella va a poder compaginar s vida personal y laboral, hasta que la perspectiva de género no tenga ningún sentido porque se presuponga.

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