Nadie puede discutir que los tiempos de dedicación al trabajo doméstico son, aún, territorio femenino. Es cierto que mucho se ha avanzado y que el mito de la “supermujer” no es sostenible ni justo .
Sin embargo la carga de las tareas sigue pendiente de las mujeres: los problemas con los hijos, la organización de la casa, el mantenimiento de la limpieza, siguen siendo responsabilidades “simbólicas” de las mujeres.
A lo hombres no se les exige tanto e incluso cuando no lo hacen se le toma por “fíjate éste soltero” o claro, si es que es un hombre, con un tono jocoso, mientras que si ellas no lo hacen son “un desastre” en un tono no tan jocoso.
Además, debemos tener en cuenta que las mujeres han tenido históricamente una peor formación, tendencia que está cambiando en los últimos años. Éste, entre otros factores, como la persistente discriminación, o el problema de la disponibilidad al atender a los hijos, han hecho que los trabajos que desempeñan sean menos reconocidos y con peores condiciones que la media de los hombres. Tienen, por tanto, menos posibilidades de elegir un horario adecuado y menos posibilidades económicas de contratar personas que cuiden de los hijos o personas dependientes del hogar. Muchas veces hemos oído que se dice: pues para que alguien se lleve el dinero que gano, mejor me quedo en casa. Y son ellas las que se quedan. Y la dependencia económica además del alto coste emocional que supone estar dedicadas a una o unas personas no se tiene en cuenta. Ni siquiera en algunas de las nuevas leyes, como la de dependencia, que sigue atribuyendo a la familia el deber de cuidar a los dependientes, con ayudas, eso sí, pero la familia es la reponsable. Y cuando se habla de familia, la mayoría hace referencia a las mujeres.
Las posibilidades de trabajo con un horario flexible o el teletrabajo contribuirían a facilitar la conciliación, pero son aún pequeñas islas en el mundo de la oferta laboral en España.



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