Nuestra sociedad, como casi todas, es profundamente patriarcal, es decir, se basa en la supuesta supremacía del hombre sobre la mujer, lo que legitima que sea él quien protagonice la vida social, política, cultural, económica, etc, y que sea ella la que quede relegada al ámbito doméstico y siempre debiendo estar sometida a los deseos masculinos como ser “inferior” que es. En ocasiones se ha llegado al extremo de no considerar a la mujer como un ser humano, de estar desprovista de alma y, aunque afortunadamente no siempre se ha considerado así, hasta hace no demasiado se ha considerado que estaba muy por debajo del hombre a todos los niveles: físico, intelectual, emocional y hasta espiritual, por lo que era necesario que los varones las tutelaran, por su propio bien, situándoles de por vida al nivel de los niños, que no son capaces de controlar su vida. Ésta concepción dicotómica ha llevado a considerar a ambos sexos no sólo en una situación jerárquica diferente, sino diferentes en sí mismos con obligaciones distintas como, por ejemplo, en la expresión de sus emociones o, incluso, en las mismas emociones que debían sentir. Por supuesto, las de las mujeres son inferiores y actualmente continuamos viendo cómo, cuando se quiere menospreciar o insultar a un hombre se le acusa de niña, mujer, etc Y cómo los hombres homosexuales, que se consideran también inferiores desde el punto de vista machista heterosexualmente centrado, son personas “afeminadas”.
Nadie puede negar que el papel de las mujeres en la sociedad ha cambiado. Han pasado de estar relegadas al espacio privado y a la consagración al cuidado de marido a ocupar puestos fuera del ámbito doméstico. Sin embargo, el papel de los hombre sigue guardando un enrome parecido con el que ejercían antes del cambio.
Esto ha originado que ellas hayan tenido que asumir el doble papel, haciendo que sus jornadas y sus obligaciones profesionales y domésticas copen todo su tiempo, originando la figura de la “supermujer”, que es capaz de asumir todo, pero que supone un gran costo para ellas. Y, en muchos casos, en lugar de intentar pensar cómo querían que fuese su rol y cómo desarrollarlo, se han limitado a imitar el que ellas ansiaban, el del poder, el del hombre, intentando asumir actitudes tradicionalmente masculinas como la violencia o la ocultación de los sentimientos. Afortunadamente ya se están dando cuenta de que no es necesario y ni siquiera deseable y se intenta buscar su propia identidad igualitaria, aunque dadas las condiciones que aún persisten, no siempre es sencillo.
Para los hombres la familia sigue siendo algo secundario, aunque afortunadamente, va cambiando, pero su éxito está vinculado al éxito laboral y a ejercer y mostrar un papel de “macho”, de “hombre”. En caso contrario, inmediatamente se le aplica un castigo social en el que se le acusa de “marica”, “calzonazos” y similares palabras con connotaciones negativas. Afortunadamente cada vez más varones se están dando cuenta de lo injusto de la situación, de lo impropio que resulta en una sociedad supuestamente democrática e igualitaria y están reflexionando y actuando para cambiar también su papel. No tienen que cambiar para adaptarse a lo que las mujeres están haciendo, sino reflexionar por sí mismos cuál es el papel que quieren representar, cuál les parece equitativo y equilibrado e ir ejerciéndolo en un diálogo constante con ellas para irse amoldando mutuamente. El objetivo no es que sean ellas o ellos quienes impongas las directrices, sino hacer una evaluación de las situaciones e ir cediendo o reclamando terreno, ir negociando para construir una sociedad que puede ir dando respuesta a las necesidades creadas a los largo del último siglo y que sea lo más satisfactoria y justa posible; sin imposiciones, abusos ni papeles predefinidos sólo por ser de tal o cual colectivo.
El primer paso para poder lograr ésta meta primero debemos alcanzar la igualdad real entre los sexos o, mejor dicho, entre los géneros. A simple vista, tanto en España como en la mayoría de los países occidentales, mucha gente afirmaría sin dudar que la igualdad ha sido alcanzada. En parte es cierto. Centrándonos en el caso Español, desde que la Constitución fue aprobada y sancionada existe una plena igualdad legal y cualquier ley, norma o regla que contradiga el principio de igualdad es nula. Si embargo, lo difícil de alcanzar no es lo difícil, a pesar de que en la mayoría de los países aún no se ha logrado, la máxima dificultad radica en alcanzar la igualdad real. Hoy, 30 años después de la consecución de la democracia y la Constitución en nuestro país aún existen muchas mujeres que no trabajan porque sus parejas no se lo permiten o, porque aún pensando que es elección propia, han sido condicionadas y socializadas en que la casa es su lugar natural y cuidar de su marido e hijos su papel primordial; aún hoy las mujeres trabajadoras dedican mucho más tiempo que ellos a las tareas domésticas, aún hoy mueren mujeres a manos de sus parejas o exparejas porque no han “cumplido con su obligación” o “si no es mía no es de nadie”, aún hoy existen mafias que explotan y esclavizan tratándolas como objetos; aún hoy los estudios y las profesiones están segregados y existen igual que antes los famosos “techos de cristal”. Y es que a todo ello contribuyen los llamados “micromachismos”, actitudes, lenguaje y comportamiento difícil de detectar por su pequeñez y porque nuestra socialización nos los ha inculcado desde nuestra infancia: expresiones, juegos, actitudes, aprobación de determinadas conductas y represión de otras, etc (como ejemplo evidente cabe destacar que ellas siempre tienen que ser bellas, e ir arregladas hasta extremos que pueden poner en peligro su salud física o psicológica, mientras que para los hombres no es necesario).
Retomando el nivel legal, podemos afirma que desde la Constitución se había dado un pequeño estancamiento, es decir, se habían ido eliminando normas discriminatorias y elaborado planes, pero no se había hecho un gran avance para actualizar la legislación al nuevo contexto y las nuevas necesidades sociales a éste respecto. Las diversas leyes de igualdad y contra la violencia de género, así como los planes de igualdad de oportunidades aprobados tanto a nivel local, autonómico, estatal y Europeo (Ley 30/2003, LO 1/2004, LO 3/2007, PIOMH, plan estratégico de igualdad de oportunidades, etc.) están ayudando mucho a que se siga avanzando y concienciando a la gente sobre lo que aún queda por hacer y a pesar de que algunas, como la 39/2006 (Ley de dependencia) puede llevar a que sigan siendo ellas las que se encarguen de las personas dependientes. Y, por supuesto, la creación del ministerio de igualdad, que, aunque entre determinados sectores poblacionales ha creado mucho rechazo, hace que el tema de la igualdad esté presente y se cree un debate. Algunas de las medidas más importantes y que pueden tener más repercusión pueden ser: medidas de conciliación, la obligatoriedad de introducir planes de igualdad en empresas y administración pública, programas específicos para mejorar la empleabilidad de las mujeres, etc.
¿Y qué pasa con ellos?¿Qué tienen que hacer ahora?
Algunos de ellos que aunque siguen siendo minoría, su número va creciendo progresivamente, se han dado cuenta de lo injusto de la situación. Injusto por la situación discriminatoria que la sociedad patriarcal y su pseudoigualdad supone para las mujeres; pero también para el sector masculino. Ellos no quieren tener que perpetuar su papel de “machos”, no quieren seguir dando una imagen de personas sin sentimientos que se aprovechan de las desventajas de lo más débiles y sólo centrarse en su vida laboral. Quieren también poder elegir cuál es su lugar, cuál es su papel. Quieren poder tener el control sobre su vida eligiendo cómo vivirla sin imposiciones de género tampoco para ellos.
Así pues, es necesario que se haga una reestructuración, una nueva interpretación del género en los hombres. Las mujeres, como ya he señalado, han pasado de intentar imitar a los hombres, a intentar buscar su lugar. Ellos han de hacer lo mismo, en comunión, por supuesto con ellas y viceversa. El poder ya no tiene que ser el cáliz buscado por los varones sin tener en cuenta los medios utilizados para llegar a él. O sí, dependiendo de la elección individual, pero enfrentándose a las consecuencias de sus actos, positivas o negativas, no siendo reforzado socialmente sin ningún motivo añadido, sino solo por ser personas.
Aunque en un primer momento puede que la igualdad real y absoluta que buscamos pueda ocasionar un poco de temor, por la pérdida de poder, de status, etc, considero que es mucho más lo que pueden ganar. Respecto a la pareja o las compañeras una relación de igual a igual siempre es mucho más fructífera y reconfortante porque se sabe que está basada en la libertad, en las verdaderas opiniones y actitudes y no en convenciones sociales que fuerzan situaciones no reales.
La participación en el ámbito familiar, en las relaciones con sus hijos e hijas hará que se pueda tener más campos que sean fruto de satisfacción y no sólo el terreno laboral.
Aún queda mucho por hacer, tanto a nivel institucional-legal-público, como en la vida privada de unos y otras hasta que se pueda lograr una igualdad plena. Sn embargo, lo más importante es tener claro hacia dónde se quiere ir y qué se quiere conseguir. Con ello hemos dado el primer y puede que más importante paso.



One Response
September 16th, 2009 at 6:40
Creo, sinceramente que este blog merece la pena animarlo
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